Giovanni ARRIGHI: Estados Unidos, la fuerza del declive
Publicado en: La rivista del manifesto, No. 0, noviembre 1999, Roma.Traducción del italiano: Thalía Iglesias y Massimo Modonesi.
Tomado de la revista MEMORIA, junio de 2000.
Todavía se necesita tiempo para hacer un balance sobre la reciente guerra de los Balcanes. Por el perfil humanitario según el cual se dijo que se combatió, no puede sino asociarse a la declaración de Juan Pablo ii donde se refería a una "derrota de la humanidad". Más allá de esto, cualquier balance necesitaría identificar de antemano sus objetivos reales.
Noam Chomsky y otros han demostrado, mejor de lo que podría hacerlo yo, cuán sospechosos fueron los motivos humanitarios. Baste recordar que -durante todo el conflicto-el argumento humanitario fue vinculado, por los defensores de la intervención, a un problema que llamaban de "credibilidad". Estados Unidos y sus aliados de la OTAN debían probar que la amenaza del uso de la fuerza era real, en el sentido de que, si las condiciones de la OTAN no se cumplían, se habría recurrido efectivamente a la fuerza y, en este caso, la supremacía de la OTAN era evidente.
Si algo quedó claro es que la cuestión de la credibilidad (un mero argumento de poder) fue absolutamente prioritaria respecto a cualquier objetivo humanitario, asumiendo que existieran. Lo más impresionante fue la dureza y la determinación hipócrita con la que el comando de la OTAN amenazó la continuación sin tregua de una campaña aérea cada vez más destructiva hasta que Milosevic (o aún mejor, quien lo hubiera destituido o sucedido) no se doblara y aceptara incondicionalmente el diktat.
Si había aún necesidad de una prueba, esa fue otorgada por el discurso sobre la "victoria" del presidente Clinton del 10 de junio. Para él, "victoria" significaba que Yugoslavia cedía más o menos incondicionalmente. Del sufrimiento infligido a la población yugoslava, ya sea serbia o albanesa, apenas hizo mención, además de intimidar a los serbios con la amenaza de que, si no se libraban de Milosevic, no recibirían ninguna ayuda para reconstruir el país devastado. Como tenía que haber sido claro desde el principio, el verdadero objetivo de la guerra era mostrar la fuerza de Estados Unidos y de la OTAN. Los llamados humanitarios no eran más que un medio camuflado de fin, para movilizar el consenso dentro del propio país y en el exterior, alrededor del uso desproporcionado de la violencia en flagrante violación de las leyes internacionales.
Pero ¿puede uno preguntar por qué tenían tanta premura Estados Unidos y la OTAN por demostrar su credibilidad?, ¿premura en sí o dentro del cuadro de un objetivo más amplio? Y en este caso, ¿dentro de qué límites la guerra logró alcanzarlo? Para tratar de responder estas preguntas, será útil considerar este último éxito militar americano no aisladamente, sino como un anillo en una cadena de etapas significativas en la trayectoria del poder global de Estados Unidos. Estas etapas pueden ser reformuladas de la siguiente manera: la necesidad de probar la credibilidad del aparato militar de EU y la OTAN, ¿es síntoma de un declive a largo plazo del poder global de Estados Unidos y la tentativa por frenarlo? ¿O es una señal e instrumento de un crecimiento ulterior de su poder mundial? ¿La guerra de los Balcanes disminuyó el declive o ha disparado el poder de los EU en el mundo?
Comenzaré con un esbozo elemental del andar del poder mundial norteamericano en los últimos treinta años. Grosso modo, parece haber seguido una trayectoria en U, donde cada decenio indica una tendencia diferente: un rápido declive en los setenta, un tocar fondo en los ochenta y una espectacular recuperación en los noventa. Analicemos brevemente esta trayectoria decenio por decenio.
El precipitado declive de los años setenta está marcado por dos hechos que son clave y tienen alcance mundial entre 1969 y 1973: la derrota en Vietnam y el colapso contemporáneo del sistema de Bretton Woods, mediante el cual Estados Unidos había gobernado las relaciones monetarias mundiales. Aunque en los mismos años habían demostrado, mientras alunizaban, que podían alcanzar y rebasar a la URSS en la carrera armamentista, su derrota en Vietnam demostraba la debilidad de su aparato militar, la avanzada tecnología y capital poderoso, frente a la decidida resistencia de uno de los países más pobres del planeta. El enorme gasto de EU para la guerra de Vietnam tuvo como resultado una gran crisis fiscal del "Estado militar-social". Muy devastadora fue también la prueba de que el aparato militar norteamericano no estaba en condiciones de hacer algo más que reproducir el equilibrio del terror con la URSS a niveles cada vez más costosos y arriesgados. El poder global de EU cae precipitadamente y toca fondo a finales de los setenta con la revolución iraní, el reciente aumento del precio del petróleo, la invasión soviética de Afganistán y otra gran crisis de confianza en el dólar.
Es en este contexto cuando en los últimos años de la administración de James Carter, y con mayor determinación por parte de Ronald Reagan, un cambio drástico en las decisiones políticas preparaba las bases para una recuperación. En el terreno militar, el gobierno de EU evita con cuidado (como testimonia el caso de Líbano) la confrontación en tierra que lo llevó a la derrota en Vietnam; prefirió guerras per procura (como en Nicaragua y Afganistán), confrontaciones meramente simbólicas con enemigos insignificantes (como en Granada y Panamá) o el enfrentamiento aéreo donde la alta tecnología americana tenía en absoluta ventaja (como en Libia). Al mismo tiempo, EU abría una escalada en la carrera armamentista contra la URSS -sobre todo, aunque no solamente, a través de la Iniciativa de Defensa Estratégica- cuyos costos iban mucho más allá de las posibilidades de la Unión Soviética. Ésta se encontró entrampada en una doble confrontación que jamás hubiera podido ganar: la de Afganistán, donde su aparato militar y alta tecnología se encontraban en las mismas dificultades que Estados Unidos en Vietnam, y el de la carrera armamentista, en la que E.U. podía movilizar muchos más recursos que los que la URSS tenía a su alcance.
Los cambios de las políticas -drástica contracción de la disponibilidad monetaria tasas de interés más altas, menos tasas a altos réditos, libertad prácticamente ilimitada para el capital de empresa- liquidaron todo vestigio de New Deal. Así, EU comenzó a competir agresivamente en el capital mundial, que provocó una extraordinaria transformación en la dirección de su flujo global.
En los años cincuenta y sesenta, EU era la fuente más importante de liquidez mundial y de inversión directa, pero en los ochenta pasó a ser el país más endeudado y con mayor receptividad de inversión directa. La otra cara de la moneda era la crisis que afectaba a países de riqueza baja y mediana y que además no tenían la capacidad para competir exitosamente en los mercados financieros mundiales contra el gigante Estados Unidos.
Las economías de América Latina, y sobre todo de África, fueron devastadas. La crisis también se sintió en la Europa Oriental con la ulterior reducción de la capacidad de la URSS para competir contra EU en la carrera armamentista, lo cual contribuyó decisivamente a las tensiones que dividían Yugoslavia e intensificaban los conflictos étnicos. Así, mientras EU gozaba de créditos prácticamente ilimitados sobre los mercados financieros, el segundo y tercer mundo se arrodillaban ante el agotamiento imprevisto de sus créditos en los mismos. Aquello que el aparato militar no logró conseguir fue obtenido por los mercados financieros.
Esa victoria presentaba un problema. Japón y la gran China (que operaba fuera de Taiwan, Hong Kong, Singapur y otros importantes centros comerciales del sudeste asiático), comenzaron a emerger como las más importantes naciones crediticias del mundo y como organizadoras y financiadoras de una expansión industrial regional que por su ritmo y envergadura tenía pocos precedentes en la historia del capitalismo.
Durante los años ochenta, el Este asiático parecía el principal beneficiario ya fuera de la competencia interestatal por el capital móvil, como de la escalada en la guerra fría. Mientras se estancaban el comercio y la producción mundial, la expansión económica del Este asiático metía su mano en una cuota creciente de la liquidez mundial. Los bancos japoneses empezaron a dominar los patrimonios internacionales y los inversionistas institucionales japoneses dictaron el ritmo del mercado en las tesorerías de EU. Parecía tener razón quien pronosticaba el ascenso de un "superestado japonés" o de un Japón "número uno del mundo". Estados Unidos se estaba levantando de la profunda crisis de los años setenta y mantenían a la defensiva a la URSS y al Tercer Mundo. Pero si era el dinero y no las armas la fuente primaria de poder mundial -como indicaba también la recuperación de la riqueza de EU- ¿acaso no constituía Japón el nuevo y más insidioso reto a la supremacía global de EU?
Estos temores desaparecieron en los primeros años de los noventas con la caída casi simultánea de la URSS y de la bolsa de Tokio entre 1990 y 1992, dos hechos que cambiaron la trayectoria del poder mundial americano. Estados Unidos era entonces la única superpotencia militar y no había ningún indicio de que tuvieran competidores en el futuro inmediato. Por otro lado, la domesticidad de la política soviética permitía presionar al Consejo de Seguridad de la onu para que sostuviera y legitimara las acciones políticas de EU en el mundo. Al invadir Kuwait, Sadam Hussein ofreció una oportunidad que EU aprovechó inmediatamente montando un gran show televisivo sobre su poder tecnológico. El intento por prolongarlo con la expedición "humanitaria" en Somalia falló, pues la televisión transmitió la imagen de un soldado americano muerto en una emboscada y arrastrado por las calles de Mogadiscio. El incidente despertó el síndrome de Vietnam y provocó el retiro inmediato de las tropas americanas. Las sucesivas misiones "humanitarias" en Haití y sobre todo en Bosnia tuvieron más éxito. En conclusión, caída la URSS y después de la Guerra del Golfo (Pérsico), el poder militar americano permaneció inatacado y su territorio inatacable.
La Guerra del Golfo demostró también que, no obstante su poder económico y financiero, Japón era incapaz de una posición independiente en la política mundial y dejaba nuevamente la hegemonía para EU. Por otro lado, su poder económico y financiero se ponía a discusión, pues la economía japonesa parecía no poder recuperarse del crack de los años 1997-1998, cuando el casi estancamiento de la economía estuvo a punto de ser una recesión. De todo el mundo y sobre todo de Asia oriental, los capitales fluían hacia EU, alimentando el largo boom especulativo de Wall Street y permitiendo que la economía estadunidense se expandiera más rápidamente que en los últimos veinte años, a pesar del fuerte y creciente déficit comercial. Al aproximarse el nuevo milenio, no sólo la fuerza militar, sino la hegemonía americana parecían intactas e intocables.
Así pues, la respuesta más aceptable a las preguntas sobre la voluntad de los aparatos militares EU/OTAN para mostrarse creíbles en la guerra de los Balcanes, es que era la señal de un refuerzo del poder global de Estados Unidos, más que de su declive. Y como Estados Unidos y la OTAN demostraron en los Balcanes que sus amenazas militares no eran ni vanas ni ineficaces, podemos pensar que esa guerra acentuó este refuerzo. Es posible y hasta probable que así lo entiendan los beligerantes norteamericanos y británicos. Pero es posible también que la situación no sea por cierto la que parece, según la óptica de los noventa y que se trate de una nueva fase creciente de la trayectoria en U que menciono arriba. Es también posible, a mi parecer, que la lectura errada de la situación por la parte anglo-americana, lejos de acentuar el crecimiento que imaginaban del poder global de Estados Unidos, lleve a un total colapso de lo que queda de su nuevo orden mundial.
Este juicio se funda en dos estudios (el segundo en colaboración con otros) en los que he tratado de entender cuáles son las tendencias actuales a través de la observación de algunas fases de la historia del capitalismo que se semejan, por diferentes y relevantes aspectos, a la actual. El primer estudio (Giovanni Arrighi: Il lungo XX secolo. Denaro, potere e le origini del nostro tempo, Eds. Est, Milán, 1999) está dedicado a las expansiones financieras que caracterizan los procesos conclusivos de cada fase de desarrollo del capitalismo desde la modernidad a nuestros días. El segundo (Giovanni Arrighi, Beverly Silver y otros: Chaos and Governance in the Modern World System, University of Minessota Press, Minneapolis y Londres, 1999), al contrario, se concentra en analogías y diferencias entre el tránsito actual de la hegemonía (hacia un rumbo todavía desconocido) y dos precedentes: el de la hegemonía holandesa a la británica en el siglo XVIII y el de la británica a la norteamericana a finales del siglo XIX y principios del XX. Estos dos estudios juntos proveen de las siguientes perspectivas sobre la dinámica actual del poder global americano.
Primera: en diferentes grados y formas, la trayectoria en forma de U que ha caracterizado el poder global norteamericano en los últimos treinta años es típica también de los precedentes líderes de procesos mundiales de acumulación de capital en las fases conclusivas de su hegemonía. En el pasado, como hoy, la recuperación de la riqueza del Estado hegemónico en declive se ha basado, después de una crisis inicial, sobre la capacidad de voltear ventajosamente la intensa competencia interestatal por la acumulación de capital móvil obtenido por la mayor expansión del comercio y de la producción mundial. Aunque caiga su capacidad de competir en los mercados de bienes móviles, su capacidad de reacción como centro de limpieza del sistema financiero internacional es mayor que la de cualquier otro centro, incluidos aquellos que emergen como más competitivos en los mercados comerciales.
Segunda: en las transiciones de hegemonía en el pasado, la recuperación del poder del estado hegemónico en declive es el preludio del aumento del desorden mundial y concluye con la caída de la hegemonía misma. Tres tendencias parecen ser decisivas para provocar el creciente desorden. Una se constituye por el surgimiento de poderes militares que el Estado hegemónico en declive no logra mantener bajo control. Otra por el surgimiento de Estados y grupos sociales que pretenden tener acceso a los recursos del sistema, en mayor medida de cuanto pueda ser aceptado en el interior del orden hegemónico existente. Finalmente, la tendencia del Estado hegemónico en declive, es usar el poder que le queda (o que retoma) para transformar su hegemonía (basada en una forma de consenso) en dominio de la explotación (basado esencialmente en la coerción).
Tercera: respecto a las transiciones precedentes, hoy no se ve prácticamente señal alguna de un poder ni lejanamente capaz de retar militarmente al Estado hegemónico en declive. En lugar de la emergencia de rivales militares, observamos la caída del único rival creíble, la URSS. Pero si falta una señal de nuevas potencias capaces de retar militarmente a Estados Unidos, las otras dos tendencias son evidentemente más fuertes de cuanto lo fueron en las transiciones pasadas. El declive del poder mundial de Estados Unidos en los setenta se debió sobre todo a su dificultad de hacer frente a la demanda del Tercer Mundo de acceder a una cuota mayor de los recursos mundiales. La sucesiva recuperación de EU se debió sobre todo al éxito de la contrarevolución que consistía justamente en transformar la hegemonía de EU en un dominio creciente por la explotación. La hegemonía de Estados Unidos en los años cincuenta y sesenta se basaba de hecho no sólo en la coerción, sino sobre el consenso arrancado a los países del Tercer Mundo con la promesa de un New Deal mundial, es decir, de la riqueza para todos a través del "desarrollo". En los años ochenta y noventa, al contrario, se impuso sin ceremoniasa los países del Tercer Mundo y del viejo segundo mundo, subordinar el "desarrollo" a los imperativos de los mercados financieros mundiales, que redistribuían incesantemente la riqueza a los EU y a los otros países ricos.
No obstante el éxito aparente, este tránsito de la hegemonía al dominio puede considerarse no menos inestable que los de antaño. Hay dos contradicciones que parecen particularmente difíciles de resolver: una es que persiste un deslizamiento hacia el Este asiático desde el epicentro del proceso global de la acumulación de capital. Contrariamente a la opinión difundida, el hecho de que en Japón persista la crisis económica después del crack de 1990-1992 y, aún más, se haya convertido en la crisis de todo el sudeste asiático en 1997-1998, no significa por sí mismo que el flujo del epicentro al Este se haya detenido. Como mis coautores y yo demostramos en Chaos and Governance in the Modern World System, en las transiciones precedentes los nuevos centros emergentes de los procesos de acumulación de capital a escala mundial, fueron epicentros de turbulencia más que de expansión, antes de adquirir capacidad para guiar al mundo hacia un orden diverso. Fue el caso de Londres y de Inglaterra a fines del siglo XVIII, y aún más de Nueva York y de Estados Unidos en los años treinta. Afirmar que las crisis financieras de los años noventa en Japón y el Este asiático prueban que el epicentro de los procesos globales de acumulación del capital no pasó de EU al Este asiático, equivale a decir que el crack de Wall Street de los años 1929-1931 y la consecuente crisis norteamericana eran la prueba de que el epicentro del proceso global de acumulación de capital no pasó del Reino Unido a Estados Unidos.
Por otro lado, a las crisis de Japón y del Este asiático se suma la continua expansión económica de la gran China (República Popular China, Hong Kong, Taiwan y Singapur), dada la dimensión demográfica y la centralidad histórica de China en la región. Es cierto que, no obstante sus progresos, China es todavía un país de bajo rédito. No hay ninguna garantía de que la expansión económica china no se caracterice también por las crisis. Probablemente lo será, ya que -como se dijo- las crisis son un aspecto constitutivo de los centros económicos emergentes. No obstante, el mismo hecho de que China, con su enorme población, haya escapado al estrangulamiento financiero que puso de rodillas al segundo y tercer mundo es una conquista de envergadura histórica. Si las inevitables crisis futuras se llevaran a cabo con un mínimo de inteligencia política, no hay motivo por el cual no se puedan transmutar en momentos de emancipación del dominio norteamericano, no sólo para China, sino para Asia del Este y el mundo en general.
Si así ocurre o no, el deslizamiento persistente de la acumulación de capital hacia el Asia del Este disminuye la capacidad de EU de permanecer en el centro de la economía global. Ya en los noventa, la estabilidad de la economía de Estados Unidos y el boom especulativo de Wall Street fueron totalmente dependientes del dinero y los bienes a bajo costo del Asia del Este. Mientras el dinero en forma de inversión y préstamos, permitió a la economía estadunidense continuar expandiéndose no obstante el vasto y creciente déficit comercial, los bienes a bajo costo han ayudado a mantener baja la presión inflacionaria a pesar de la expansión. No está claro por cuánto tiempo una situación de esa naturaleza se pueda sostener o cómo EU pueda modificarla sin poner fin a la expansión económica. Pero está claro que, mientras más dure, la actual dependencia económica del Este asiático hacia EU se volteará cada vez más en su contra.
La segunda contradicción de la recuperación del poder de Estados Unidos en los años noventa es la creciente dependencia de los medios militares, no sólo política sino económicamente. El complejo industrial-militar de EU ha sido siempre uno de los mayores motores (si no el mayor) de su indiscutible supremacía en la producción y en las actividades tecnológicamente avanzadas, de la producción de pequeñas armas en el siglo XIX, que dieron origen al sistema norteamericano de producción en masa, al programa espacial en respuesta al sputnik soviético, que dio origen al sistema de satélites y la computarización de hoy. Esta indiscutible supremacía es actualmente la única ventaja decisiva de la industria norteamericana sobre los mercados globales. Más importante aún, la combinación entre tecnología avanzada y producción militar ha dotado al gobierno de EU de un poderoso instrumento para doblar a favor del business norteamericano, las reglas de mercado global llamado "libre". Mientras más se intensifica la competencia en el interior y en el exterior, más se vuelve esencial este no tan visible instrumento de ventaja comercial y de autoprotección. Pero mientras aumentó la importancia del complejo industrial-militar para los intereses económicos norteamericanos, su utilidad en el campo meramente militar cayó dramáticamente junto con la URSS y el fin de la guerra fría.
Como anotamos al principio, el complejo industrial-militar norteamericano servía sobre todo para reproducir el equilibrio del terror con la URSS a niveles cada vez más costosos y arriesgados. Pero como lo demuestra la experiencia de Vietnam y la de la URSS en Afganistán, estos aparatos industrial-militares de tecnología avanzada se revelaron más bien ineficientes para controlar el mundo en el territorio de los distintos continentes. Controlar el mundo en el territorio implica arriesgar la vida de ciudadanos por causas que para los ciudadanos tienen poco sentido. En consecuencia, apenas la escalada de los armamentos de los ochenta superó el nivel sostenible y provocó la caída de la URSS, el enorme aparato militar estadunidense de alta tecnología perdió su valor militar. Una vez perdido el único enemigo militar, perdió también credibilidad como aparato de guerra.
La contradicción entre peso creciente del complejo militar-industrial no se puede admitir abiertamente sin restar credibilidad a su función aparente. Peor aún, admitir algo de esa naturaleza denunciaría que el aparato militar-industrial norteamericano se ha convertido, tal vez, en el más importante instrumento de transformación y ruptura de las reglas de los "mercados libres" que EU predica con fervor. Era necesario, entonces, encontrar una función estrictamente militar del aparato militar-industrial estadunidense. Éste ha sido el principal objetivo de la media docena de "guerras" calientes -de hecho, ejercicios militares, más que verdaderas guerras- realizadas por EU después del fin de la guerra fría. En algunos casos, sobre todo en el Golfo y en menor medida en los Balcanes, estos ejercicios militares funcionaron también como megapublicidad para las mercancías de alta tecnología de Estados Unidos.
Pero el principal objetivo era encontrar un sustituto a la función militar que el aparato militar-industrial norteamericano perdió con la caída de la URSS. En ese sentido, ¿cuánto éxito tuvieron esas guerras? Me parece que escaso. Sobre todo demostraron lo que ya sabíamos todos: que, tecnológicamente, EU es capaz de arrasar cualquier país que quiera. Es indiscutible que, si quiere, tiene los medios para hacer volar por los aires al mundo entero. Pero en Somalia, Haití, Bosnia y Kosovo, demostró también que la nueva y aparente función de las guerras norteamericanas -los objetivos "humanitarios" elegidos a discreción- no vale la vida de un solo ciudadano americano.
Todo sumado, el síndrome de Vietnam está todavía vivo y ha privado al aparato militar-industrial norteamericano de una función creíble. Puede concluirse que los fundamentos de la actual recuperación de la potencia global americana no son tan sólidos como parecen. Usarlos para consolidar el dominio de un puñado de países ricos sobre el resto del mundo es la receta más segura para el desastre global.
Es de esperarse que los líderes de los países ricos sean lo suficientemente sabios para hacer uso de su propia potencia para resolver, más que agravar, los problemas que amenazan al globo. Desafortunadamente, como dijo Abba Eban: "La historia enseña que los hombres y las naciones se comportan sabiamente sólo cuando han agotado todas las otras alternativas".